Somos nuestra biografía.
Por: Fernando Araújo Vélez
Por mucho que queramos escondernos detrás de las modas, de los aparatos de moda, de nuestros apellidos o nuestro color, de nuestras cuentas bancarias o nuestros cargos, somos una eterna biografía de nosotros mismos, y escondernos también es parte de nuestra historia y dice parte de nuestra historia. Escondernos, salir, mostrarnos, hablar y callar, sonreír y dejar de sonreír. Nuestras vanidades hablan a gritos de nosotros, igual que nuestra austeridad. Nuestras verdades y nuestras mentiras dicen más de nosotros que las palabras con las que pronunciamos, porque una mentira no se dice solo con un puñado de palabras, sino con los gestos, las miradas, las manos, las piernas, los labios y el movernos o no movernos, y una verdad, para que sea verdad, es más convincente por la actitud que por una frase o un relato. Mentimos más con el cuerpo que con el lenguaje, y convencemos más con nuestro hacer y hasta con nuestro no hacer que con un discurso.
Por mucho que yo quiera esconderme en este texto, por ejemplo, todas y cada una de las palabras que hay acá, aunque no hablen de fechas ni de hechos puntuales, aunque no sean nombres ni den nombres, son parte de mi biografía, sin que importe calificarla como buena, como mala o como tal vez, porque detrás de cada palabra y de cada punto y cada coma hay una elección, y detrás de esa elección hay una infancia y una adolescencia, una vida, en fin, salpicada de libros, marcada por libros y por un primer libro, por canciones y una primera canción, por conversaciones, peleas, por un primer amor y decenas de amores amores y de odios posteriores, por enseñanzas y olvidos, dolores, heridas, voluntad, desidia, aburrimiento y pasión. Estoy en estas líneas con mis pulsiones y mi razón y soy y estoy en ellas mucho más que con una fecha o un nombre, pues las fechas o los nombres no dicen mayor cosa, solo son fechas y nombres, desnudos, sin angustias ni sensaciones.
Somos y hablamos de nosotros en cada una de nuestras reacciones y en nuestras no reacciones, en nuestros insultos y nuestros halagos, en nuestras sonrisa y nuestro caminar y nuestro vestir, en nuestro cinismo, y en el deseo de linchar a otros más que en el linchamiento, aunque lo que importe en últimas sea el linchamiento. Caminamos, decimos, miramos, y en cada uno de nuestros pasos vamos dejando un reguero de letras, que son palabras, que son frases, que son nuestra historia, y cada quien las va a leer como le parezca, como le convenga, según sus propias palabras, sus miedos y sus anhelos. En últimas, somos palabras sobre palabras y silencios sobre silencios. Nada.
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